Habitar el Tecnocosmos: La Inteligencia Colectiva frente al Espejo de la IA (3a parte)
Continuando con la narrativa de reflexión crítica, más allá del tecnocosmos delirante, en cuanto a su corresponsabilidad planetaria y su resistencia epistémica frente a al control cognitivo que nos quieren imponer desde las altas esferas del corporativismo tecnológico digital, del optimismo antropológico que caracteriza la noción del tecnocosmos de Pierre Lévy, alineado este tangencialmente a las corrientes transhumanistas y las promesas de una superinteligencia emancipadora, tropieza de forma abrupta con las urgencias de un siglo veintiuno al borde del colapso sistémico. En lugar de configurarse como el sustrato de una inteligencia colectiva armónica, la infraestructura digital global se ha consolidado en una especie de panóptico hiperconectado donde el control cognitivo-tecnológico, ejercido por la alianza entre corporaciones emanadas desde Silicon Valley y aparatos de seguridad nacional-estatal, atenta de manera directa contra la soberanía e incluso supervivencia de la especie. Como bien advierte la filósofa Isabelle Stengers (2015) En tiempos de catástrofes, la humanidad se enfrenta a una crisis civilizatoria donde la fe ciega en el solucionismo técnico funciona como un sedante que oculta la degradación material del planeta y la erosión de los lazos democráticos. Ante esta alarmante realidad geopolítica y geoestratégica, cabe plantear la pregunta obligada: ¿Qué dimensiones éticas, ecológicas y existenciales subyacen más allá de ese tecnocosmos delirante que reduce el valor de la vida humana a un mero procesamiento algorítmico de datos?
Para desmitificar las promesas del transhumanismo que subyacen en las visiones tecnofílicas, es imperativo confrontar a Lévy con la filósofa y científica social y política Vandana Shiva (2021), quien en su crítica al reduccionismos corporativo introduce el concepto de "monocultivos de la mente". Shiva (2021) demuestra que la imposición de una infraestructura digital globalizada destruye las diversas ecologías del conocimiento local y subordina el derecho a la existencia comunitaria a los imperativos de la maximización económica y el control geoeconómico de recursos críticos. Mientras los entusiastas de la superinteligencia vislumbran una mente global desmaterializada, la realidad material impone una alarmante huella ecológica: servidores devoradores de energía, extractivismo minero devastador en el Sur global y la precarización del trabajo humano que entrena a los algoritmos. Esta desconexión ecológica nos obliga a formular una interrogante fundamental: ¿Cómo puede el tecnocosmos propiciar la supervivencia planetaria si su propia existencia material depende de la destrucción sistemática del tejido vivo de la Tierra?
A esta crisis material se suma el preocupante fenómeno de la precarización psíquica y cognitiva analizado por el filósofo italiano Franco "Bifo" Berardi (2020) en su obra Fenomenología del fin. El autor sostiene que la inmersión total en el tecnocosmos produce una mutación antropológica caracterizada por la saturación del sistema nervioso, la perdida de la empatía presencial y la sumisión afectiva a los dictados del código algorítmico, un proceso de domesticación que Berardi denomina como "la automatización del alma". Al contrastar este diagnóstico con la comunidad virtual que aprende según Lévy, resulta evidente que la hiperconectividad no ha derivado en una lucidez compartida, sino un estado de pánico constante, aislamiento y parálisis política colectiva ante la incertidumbre global. Frente a este panorama de agotamiento mental contemporáneo, cabe cuestionarse, si ¿estamos construyendo una inteligencia colectiva capaz de subvertir al poder, o simplemente estamos optimizando los procesos cognitivos de nuestra propia servidumbre voluntaria dentro de la red corporativa?
Esta domesticación del espíritu se despliega en un entorno donde miles de "espejos digitales" nos observan, vigilan y castigan a través de sutiles mecanismos de exclusión socioeconómica y perfilamiento automatizado. Para comprender la letalidad de este entorno, se debe recurrir a los argumentos reflexivos del filósofo camerunés Achille Mbembe (2019) y su teoría de necropolítica, la cual examina cómo el poder contemporáneo decide quién merece vivir y quien debe morir mediante el uso de tecnologías de vigilancia militarizada y algoritmos de selección poblacional. En el tecnocosmos real, la IA se instrumentaliza para automatizar la exclusión de migrantes en las fronteras, dirigir ataques de drones de precisión en conflictos bélicos latentes y precarizar el acceso a la salud mediante sistemas predictivos de seguros corporativos. La aparente neutralidad de la técnica se disuelve así en una biopolítica del castigo y la muerte, lo que nos empuja a una duda estremecedora: ¿Cuál es el margen real para el derecho humano a existir cuando los algoritmos al servicio del Estado-corporación (person of interest) poseen la capacidad de clasificar, perseguir y atentar impunemente contra la vida de cualquier disidente epistémico?
Ante la magnitud de esta amenaza civilizatoria, la respuesta no reside en el aislamiento tecnofóbico individual, sino en la edificación de una corresponsabilidad planetaria cimentada en lo que el filósofo portugués Boaventura de Sousa Santos (2019) argumenta de forma contundente que no habrá justicia social, lo plantea y denomina como "justicia cognitiva global" sin la previa validación y el rescate de las epistemologías del Sur, aquellos saberes comunitarios, ancestrales y ecocéntricos que operan completamente fuera del radar y de la racionalidad instrumental del tecnocosmos que promueve Silicon Valley. Por eso, la salvaguarda personal y colectiva exige, por ende, que reconozcamos que la salvación del planeta y de la especie no provendrá de una mera actualización de software o del advenimiento de una deidad algorítmica creada de manera corporativa, sino de la capacidad humana para recuperar el control sobre sus propios procesos de producción de sentido. Bajo esta luz de urgencia intelectual, resulta imperativo preguntar entonces: ¿Cómo podemos articular un diálogo de saberes que subvierte el monopolio algorítmico y ponga las tecnologías digitales al servicio de las luchas reales por la tierra, el agua y la dignidad comunitaria?
Esta necesaria actitud de sospecha radical encuentra un sólido asidero metodológico en el concepto de "pensamiento de ruptura" propuesto por la teórica y activista afroamericana Bell Hooks (2014) quien insta a las comunidades oprimidas a construir espacios de resistencia cultural capaces de fracturar las narrativas hegemónicas. En la era de la infocracia y los algoritmos predictivos, el pensamiento de Hooks nos invita a ejercer una desobediencia civil digital que pueda sabotear activamente los perfiles de datos que las corporaciones construyen sobre nosotros. Esta salvaguarda implica desconectarse de manera estratégica del flujo alienante del tecnocosmos para reconectar con el territorio material, el cuerpo y la asamblea comunitaria presencial, rescatando la conversación profunda frente a la tiranía del clic y el estímulo algorítmico efímero. Ante la inminencia de los tiempos de incertidumbre que se avecinan, vale la pena interrogarse: ¿Somos capaces de habitar la red manteniendo la reserva de opacidad estratégica que impida nuestra subjetividad sea totalmente colonizada por las métricas del mercado digital?
Asimismo, la filósofa belga Isabelle Stengers (2015) nos recuerda que la verdadera inteligencia de una comunidad no se mide por su capacidad de procesar terabytes de información en milisegundos, sino por su aptitud de "ralentizar" los procesos de toma de decisiones frente a los imperativos de la prisa tecnológica corporativa. Frente al delirio aceleracionista del transhumanismo y el desarrollo desbocado de la IA generativa, la desaceleración cognitiva surge como un acto de resistencia biopolítica y agregamos también, de psicopolítica según Chul Han (2021) empleada como estrategia usada por el psicopoder para controlar datos de los individuos y hacer pronósticos creados para manipular sus comportamientos, discernir en sus voluntades y ética para condicionar su estado a un nivel prereflexivo. La estrategia y acción es revertir esos mecanismos de control y vigilancia automatizados, es decir, lo que Bernard Stiegler (2014, 2015) denomina como "tecnología de la automatización" o "sociedades de hipercontrol", en el sentido de hacer una crítica de lo que desarrolla la sociedad disruptiva digitalizada contemporánea.
El tecnocosmos de Lévy premia la inmediatez de la respuesta automatizada, pero la supervivencia de la especie exige la paciencia de la deliberación democrática y el respeto de los ritmos biológicos de la naturaleza. Esta necesaria defensa del tiempo humano nos plantea un dilema ético: ¿De qué manera podemos educar a las futuras generaciones para que valoren el silencio, la duda metódica y la lentitud reflexiva en un entorno diseñado estructuralmente para la agitación digital permanente?
Para profundizar en las alternativas emancipadoras situadas más allá del control disruptivo corporativo digitalizado y automatizado, las reflexiones y aportaciones del sociólogo Arturo Escobar (2018), en su obra Autonomía y diseño, propone el concepto de "pluriverso", definido como un mundo donde quepan muchos mundos, en clara oposición al universo monolítico y globalizado de la digitalización corporativa. El tecnocosmos delirante pretende reducir toda la experiencia humana a una sola matriz de datos interoperable; Escobar, en cambio, nos demuestra que en el caso de las comunidades zapatistas, indígenas y afrodescendientes en América Latina están diseñando sus propias tecnologías locales y autónomas de comunicación y soberanía alimentaria sin depender de las plataformas hegemónicas. El verdadero aprendizaje colectivo, por lo tanto, no ocurre en la nube abstracta de Lévy, sino en el arreglo territorial que defiende la vida frente a la abstracción capitalista. Ante estas prácticas concretas de autonomía existencial, cabe cuestionarse: ¿Es posible descentralizar el tecnocosmos actual a través de la creación de redes de datos comunitarias y autogestionadas que rompan el cordón umbilical con el oligopolio de Silicon Valley?
Por su parte, las aportaciones del filósofo y sociólogo francés Edgar Morin (2020), pionero del pensamiento complejo, en su lúcido análisis sobre las lecciones de las crisis globales contemporánea, nos recuerda que la incertidumbre es una condición intrínseca de la aventura humana que ninguna superinteligencia artificial podrá erradicar jamás. Por que al intentar suprimir la incertidumbre mediante la hipervigilancia algorítmica y el control conductual del tecnocosmos es una fantasía totalitaria que destruye la libertad, la creatividad y la esencia misma del devenir histórico de las comunidades. La inteligencia colectiva que realmente necesitamos no es aquella que automatiza el futuro basándose en los datos del pasado, sino aquella que capacita a los ciudadanos para navegar el caos, tolerar la contradicción y forjar lazos de solidaridad incondicional en medio de la tormenta geopolítica. Ante esta ineludible condición de vulnerabilidad compartida, nos enfrentamos a una última pregunta crítica: ¿Estamos dispuestos a asumir el riesgo de ser libres en la incertidumbre, o preferimos la seguridad ilusoria de una jaula de cristal algorítmica administrada por las élites estatales y corporativas?
En conclusión, ir más allá del tecnocosmos delirante propuesto por Pierre Lévy y las corrientes transhumanistas implica despertar de la hipnosis cibernética y asumir una corresponsabilidad planetaria activa fundada en la sospecha, la permanencia de la salvaguarda colectiva y la desobediencia epistémica frente a los imperativos impuestos por el Estado-corporativo mundial. La supervivencia del planeta y el derecho inalienable de la humanidad a existir en libertad no se garantizaran mediante la sumisión a un entorno digital plegado de espejos dedicados a observar, vigilar y castigar; porque solo a través de una ciudadanía global consciente de los tiempos oscuros que se avecinan, organizada en redes de resistencia afectiva e intelectual, será posible apagar la pesadilla del control cognitivo, y encender verdaderamente, un porvenir hospitalario para la vida humana y no humana en la Tierra.



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