El Sujeto Vaciado: Hermenéutica Crítica del Bios Algorítmico en la Era de la Computación Biológica (3a parte)

 Si el primer apartado de este ensayo instaló la tensión filosófica actual, -el sujeto vivo considerado como sistema de cómputo optimizado bajo ciertas restricciones- con el cual se trazó el mapa de poder que sostiene a dicho sistema, -con corporaciones, devastación ambiental, una nueva etapa de la Guerra Fría, pero con alto componente tecnológico-, en este tercer apartado se propone confrontar la pregunta que en los dos anteriores se fue aplazando con deliberada estrategia argumentativa: ¿Cuál es el horizonte concreto hacia el que se dirige la computación biológica, y qué formas de existencia humana (qué subjetividades, qué prácticas de sí), serán posibles en él? 

La respuesta exige abandonar tanto el optimismo tecnológico que celebra el progreso sin interrogarlo como el pesimismo paralizante que lo rechaza sin comprenderlo. Foucault (2002) enseñó que la hermenéutica del sujeto no es una lamentación: es un diagnóstico del presente orientado hacia la transformación de las prácticas. El pensamiento crítico no se ejerce desde la nostalgia de lo que fue, sino desde la pregunta radical por lo que puede ser. Y lo que puede ser, en el campo de la computación biológica, es al mismo extraordinariamente prometedor para la salud humana y al mismo tiempo, peligroso para la autonomía del sujeto que habita esa salud. Esta doble valencia constituye el núcleo irresoluble que la hermenéutica crítica debe resolver sin sostenerla prematuramente en ninguno de los polos.

El frente inmediatamente más transformador de la computación biológica es el de la medicina de precisión oncológica. Los organoides derivados de pacientes --modelos tridimensionales de tejido tumoral que preservan la arquitectura genética, fenotípica y celular del tumor original -se han convertido entre el 2021 y 2026 en la plataforma de elección para la predicción de sensibilidad farmacológica y la estratificación de pacientes realizados en sus ensayos clínicos. Wu et al.(2026) en un estudio reportado en la revista International Journal of Molecular Sciences demuestran que estas estructuras retienen fidelidad funcional preservando rutas de señalización clave -Wnt, Notch, Hippo- que las convierten en herramientas robustas para el cribado de fármacos. La plataforma de esferas de organoides reportada en la revista Science Direct (2026) alcanzó una fidelidad del 97% en la preservación de mutaciones conductoras del tumor y una predicción clínica superior del 80%.

 

El artículo publicado en la revista Organoids (julio 2026) integra inteligencia artificial, transcriptómica, epigenómica, protómica y metabolómica en plataformas de organoides para construir gemelos digitales de pacientes oncológicos: la computación biológica no imita la vida para entenderla, sino que la duplica para anticiparla. El sujeto que esta medicina produce es, en términos foucaultianos, un objeto de saber extraordinariamente detallado; la pregunta es si ese saber le pertenece a él o a las corporaciones que gestionan las plataformas que lo procesan.

Pensemos, que cuando un organoide derivado de tus propias células cancerosas predice con 80% de precisión qué fármacos funcionarán en tu cuerpo, y esa predicción es procesada por una plataforma de IA propiedad de una corporación farmacéutica. ¿Quién es el propietario del conocimiento más íntimo posible sobre tu biología? ¿Tú, el médico o el accionista corporativo?

El segundo frente de aplicación -el militar- es el menos publicitado y el más directamente relevante para el análisis biopolítico. En octubre de 2025, la Oficina de Tecnologías Biológicas de DARPA (BTO) publicó en su Broad Agency Announcement HR001126S0003, convocatoria abierta hasta septiembre de 2026, cuyo objetivo declarado es "aprovechar propiedades y procesos biológicos para revolucionar la capacidad de proteger a los soldados" (Defense Blog, 2025; EverGlade, 2025). Los ejes de investigación incluyen: mejoramiento del rendimiento cognitivo y la resiliencia neural bajo condiciones extremas; mitigación de la fatiga y monitoreo fisiológico continuo; sistemas biohíbridos que fusionan biología y tecnología física; y explícitamente- "herramientas computacionales para diseñar mediante prototipos de ingeniería sistemas biológicos desde la escala molecular hasta la ecosistémica". 

El artículo publicado en AJOB Neuroscience (PubMed, 2025) documenta la producción académica sobre interfases cerebro-computadora (BCI) en combatientes, señalando que estos sistemas "no solo expondrán al soldado a efectos psicocognitivos y emocionales desconocidos, sino que también ofrecerán al enemigo acceso potencial a su mundo interior". La optimización biológica del guerrero es, simultáneamente, la apertura de una nueva superficie de vulnerabilidad: el bios algorítmico como objetivo militar.

La dimensión aeroespacial extiende este análisis más allá de las fronteras planetarias. La División de Ciencias Biológicas y Físicas de la NASA realizó entre 2021 y 2025, a bordo de la Estación Espacial Internacional, los experimentos APEX-07 y APEX-09, destinados a comprender cómo las plantas adaptan sus arquitecturas celulares a las condiciones hostiles del espacio, con el objetivo de desarrollar cultivos que sostengan misiones de larga duración (NASA Ciencia 2026). En paralelo, la búsqueda de biofirmas en Marte -el rover Perseverance- reportó en diciembre de 2025 rastros de reacciones redox que podrían asociarse con actividad biológica en el cráter Jezero- impulsará el desarrollo de sistemas de detección molecular basados en computación biológica capaces de operar en condiciones de temperatura y radiación extremas. 

La confluencia entre biocomputación y exploración espacial dibuja un escenario de mediano plazo en que los sistemas biológicos de procesamiento de información serán los procesadores preferidos para entornos donde la electrónica convencional falla. El espacio no es únicamente la nueva frontera geopolítica: es el laboratorio donde el bios algorítmico probará sus límites de autonomía en ausencia de cualquier infraestructura de poder terrestre.

Si los sistemas de computación biológica -circuitos de DNA, organoides sensores, bacterias reprogramadas- son los procesadores del futuro aeroespacial porque operan bajo condiciones donde la electrónica falla. ¿Quién programa sus valores? ¿Quién decide qué información procesar, qué señales atender, qué amenazas ignorar? ¿Es posible una ética del bios algorítmico extraterrestre, o al distancia simplemente hace más fácil la irresponsabilidad?

Los escenarios geopolíticos que configuran el mundo multipolar emergente son profundamente asimétricos en su relación con la computación biológica. Estados Unidos despliega su ventaja en la frontera del conocimiento teórico mientras la traslada a aplicaciones militares y corporativas, como las implementadas en DARPA y su posible relación con el complejo industrial farmacéutico. China construye un ecosistema equivalente con capacidad propia: la Chinese Academy of Medical Sciences figura ya como una institución afiliada en estudios sobre organoides e IA para oncología de precisión publicados en Cancer Biology and Medicine (2025). 

Mientras el Sur Global, articulado en torno a la WAICO, exige que la multipolaridad se refleje también en los algoritmos -lo que significa, aplicado a la computación biológica-, el derecho a modelar la vida según los valores propios y no solo según los parámetros establecidos por quien financia la investigación. Como ha establecido la revista Apuntes de Bioética (2026), el transhumanismo corporativo y el dataísmo convergente reducen al sujeto en un "individuo" como ente integrado al control biopolítico y a la desigualdad. 

Es parte de lo que la llamada Cuarta Transformación Industrial configura actualmente en sistemas de vigilancia y optimización que erosionan la dignidad intrínseca del sujeto. En el escenario multipolar, la pregunta no es quién domina, sino quien define qué tipo de vida merece ser computada, optimizada, preservada, de acuerdo a las agendas corporativas y su manutención de poder.

La industria farmacéutica y biotecnológica protagonizará en las próximas décadas una transformación estructural coordinada e impulsada por la convergencia entre la manipulación de organoides, gemelos digitales, IA multimodal y circuitos de DNA. Las plataformas de organoides con IA integrada permitirán reducir radicalmente los costos y tiempos de los ensayos clínicos, eliminar de manera progresiva la experimentación animal e individualizar las terapias con una precisión nunca antes alcanzada. 

Sin embargo, este proceso técnico tiene un correlato político que el propio Foucault (1976), habría reconocido de inmediato: la producción de "sujetos de conocimiento" cuya biología más íntima  -el perfil genómico del tumor, la respuesta epigenómica al fármaco, la dinámica de señalización celular- se convierte en datos de valor comercial gestionados por industrias y laboratorios particulares. 

La biopolítica del siglo XXI no solo gestiona la vida de las poblaciones: gestiona el acceso diferencial a posibilidad de que la propia biología de los sujetos sea ahora computacionalmente conocida y registrada en su ecosistema de bios algorítmico. De esta manera la obtención del gemelo digital oncológico podrá ser obtenido, solo por quienes puedan tener la capacidad de pago inmediato automático o quienes vivan en sistemas de salud con la infraestructura para implementarlo.

El campo de la robótica inteligente bio-inspirada constituye el tercer vector industrial de alto impacto. Por ejemplo, en los centros de investigación de DARPA se investiga actualmente sistemas biohíbridos para aplicación militar (soldado universal), lo cual también incluye la implementación de drones con "inteligencia de colmena", capaces de mapear entornos complejos con un solo operador supervisando cientos de unidades (Q2B Studio, 2025). Las empresas Figure, 1X Technologies y Physical Intelligence -financiadas por OpenAI, Nvidia y Microsoft- desarrollan en marcha robots humanoides cuyas arquitecturas de control están directamente inspiradas en los principios de estimación óptima que la investigación de Tottori y Kobayashi (2026) formaliza matemáticamente: agentes que integran sensación, memoria y acción para maximizar una función de recompensa bajo restricciones energéticas. 

La brecha entre el modelo matemático del organismo y el robot humanoide se está cerrando con una velocidad que supera la capacidad de los marcos éticos y regulatorios existentes para procesarla. Lo que en la biofísica computacional es el discriminante "Θ", -la condición bajo la cual el agente activa o desactiva su memoria- en la robótica industrial es el umbral de autonomía de una máquina que opera junto a trabajadores humanos.

Si los robots humanoides del futuro próximo operan con arquitecturas de control bio-inspiradas en los mismos principios de estimación óptima que gobiernan la cognición humana bajo restricciones de recursos. ¿Cuál es la diferencia que importa entre el trabajador humano que optimiza su memoria bajo presión laboral y el robot que optimiza su control bajo restricciones energéticas? ¿Es esa diferencia filosóficamente relevante, o es simplemente la frontera que las corporaciones tendrán interés en disolver?

Es en este horizonte donde la hermenéutica foucaultiana del sujeto adquiere su pertinencia más radical y urgente. Cuando Foucault en sus charlas y conferencias académicas, recupera el concepto griego de "epimeleia heautou" como parte de un discurso narrativo socrático-estoico, considerado no como una mera práctica individualista de introspección, sino una invitación a un acto ejercicio de pensamiento colectivo de transformación de las relaciones del sujeto con la verdad, el poder y la ética. Cuidarse a uno mismo significaba, según el sentido particular griego que Foucault rehabilita, someter a las propias prácticas al examen crítico, resistir los saberes que pretenden decirte quién eres desde afuera, y cultivar la capacidad de gobernarse antes de ser gobernado por otros. 

Transportada actualmente al bios algorítmico, esta práctica exige formas de alfabetización radicalmente nuevas: la capacidad de comprender qué información biológica sobre uno mismo está siendo procesada, por quién, con qué fines y bajo qué condiciones; la capacidad de interpelar los sistemas de computación biológica que operan sobre las condiciones de vida; y la capacidad de organizarse colectivamente para exigir regulación, transparencia y soberanía sobre los datos biológicos propios. La educación crítica es, en este contexto, la práctica de epimeleia, es decir, el hecho de no aceptar la transmisión de contenidos relacionados con la biotecnología per se, sino con la formación de sujetos capaces de interrogar los dispositivos que gobiernan su bios.

El transhumanismo corporativo -la ideología que legitima la apropiación del bios como programa de mejora humana- opera precisamente sobre la destrucción de esta capacidad interrogativa. El transhumanismo, como corriente filosófica que pretende promover el mejoramiento humano mediante biotecnologías, está asociado a la transformación de los ámbitos sociales, institucionales y económicos (Estudios, UCR, 2026), lo hace bajo la promesa de un mejoramiento universal que históricamente ha producido mejoras selectivas y desigualdades profundas. el posthumanismo crítico -en la tradición de Rosi Braidotti (2013) y Francesca Ferrando (2023)- ofrece, en cambio, una alternativa conceptual que "abraza lo tecnológico con una conciencia del cuidado del planeta y de otras corporalidades", y que recupera la subjetividad, la experiencia vital y la dimensión espiritual como dimensiones irreductibles del ser humano que ningún algoritmo de optimización puede colapsar en una función de costo. 

La distinción entre transhumanismo corporativo y posthumanismo crítico no es académica: es política. Define la diferencia entre aceptar pasivamente que la vida sea optimizada por quienes la financian, y también intentar reclamar activamente el derecho a que la vida sea vivida -con toda su incertidumbre, su memoria discontinua, sus transiciones de fase no predichas- por quienes las encarnan.

Si el posthumanismo crítico defiende que la subjetividad, la experiencia vital y el cuidado del planeta son irreductibles a cualquier función de optimización, y si la computación biológica demuestra que la memoria, la atención y la estrategia cognitiva son variables determinadas por la disponibilidad de recursos exógenos. ¿Qué queda del sujeto que no pueda, en primera ser externalizado, calculado y gestionado? ¿Es esta resistencia residual el fundamento de lo que Foucault llamó libertad, o es solo el margen de error de un modelo que aún no es suficientemente preciso?

El escenario geopolítico multipolar que se configura para las próximas décadas en torno a la computación biológica no será resuelto únicamente por la capacidad computacional de los actores en disputa, sino también —y quizás decisivamente— por la legitimidad de los marcos éticos, educativos y regulatorios que cada bloque sea capaz de construir y proyectar. La Europa que produce el AI Act, la China que reclama multipolaridad algorítmica a través de la WAICO, los Estados Unidos que financian la BTO de DARPA, y el Sur Global que denuncia el neocolonialismo digital están, en el fondo, disputando la respuesta a la misma pregunta que este ensayo ha formulado desde su título: ¿Quién es el sujeto del bios algorítmico, y a quién rinde cuentas? 

Foucault (1980) señaló que donde hay poder, hay resistencia; que el poder no es nunca total, que siempre existen puntos de fuga, prácticas de sí que escapan a la gubernamentalidad, formas de vida que no se dejan reducir a funciones de producción. La pregunta que el lector de este ensayo debe hacerse —en primera persona, en este momento, con la conciencia de que su propia arquitectura cognitiva está siendo modelada por el entorno digital que lo rodea— es si está dispuesto a ejercer esa resistencia. 

        

                 

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