El Sujeto Vaciado: Hermenéutica Crítica del Bios Algorítmico en la Era de la Computación Biológica (2a parte)

Si en el apartado anterior, centramos nuestra reflexión y análisis, de acuerdo al artículo publicado por los científicos Tottori y Kobayashi (2026), donde exponen en su modelo teórico, sobre cómo los organismos vivos presentan cierta restricción energética que, transferido a la construcción del sujeto planteada por Michel Foucault, en sus exposiciones sobre la "Hermenéutica del Sujeto", ámbito vital donde los individuos son tratados como parte de una construcción socio-histórica que le permita conocer lo que es en si, la idea del cuidado, implica la salud física, mental y la del alma principalmente, como reflexión de máxima preocupación por trascender los límites de la existencia, retomada del pensamiento griego de Platón, en voz de Sócrates

La idea fundamental planteada y argumentada por este autor, desde una visión propia de su método genealógico, el  "epimeleia heautou", donde hoy podemos  dar testimonio de que existe un claro vestigio de control de parte de las estructuras del Estado, que se convierte, en estos días como uno de los principales vigilantes, controladores y castigadores de la biopolítica y de los demás recursos que son institucionalmente orientados hacia el sujeto (incluyendo a la familia y demás colectivos de la comunidad), y lo que ello implica en su derecho universal a su individualidad y su libertad de pensamiento, eso simplemente, todos estos aspectos sustantivos de la vida, están hoy regulados por las megacorporaciones que se encargan de crear, promover, comercializar al mejor postor en las plataformas localizadas en la "nube", con tal de tener cautivo el juego del mercado internacional.

En este apartado, vamos a poder darnos cuenta lo que podemos comprender de inmediato, desde nuestro punto de observación, sobre el significado diverso emergente complejo establecido desde el conocimiento de la llamada máquina de la vida (bios), ahora en manos de sus propietarios: el biopoder corporativo en relación a la devastación medioambiental, y el gran tablero geoeconómico y geopolítico que se está gestando en el desarrollo del bios-algorítmico.

Comprender lo que está en juego en la investigación sobre el campo de la computación biológica exige abandonar la comodidad epistemológica de leer y conceptualizar a la ciencia como actividad neutral. Todo conocimiento científico, en el sentido que Foucault (1980) confiere al par saber-poder en su aguda genealogía de las disciplinas, emerge inscrito en las relaciones de fuerza que determina desde los centros especializados de frontera, qué se investiga, quién lo financia, para qué se usa y a quién beneficia. Cuando Tottori y Kobayashi (2026) demuestran que los organismos vivos operan como sistemas de estimación óptima que transitan entre estrategias de memoria y no-memoria en función de sus recursos energéticos disponibles (como ya se mencionó en el apartado anterior), están describiendo estos autores, sin -proponérselo explícitamente- la arquitectura computacional más eficiente que la evolución ha producido en millones de años.

Y esa arquitectura tiene dueños potenciales. No son los organismos mismos. Son las megacorporaciones biotecnológicas que han convertido la comprensión de los sistemas biológicos de información en el nuevo campo de batalla por el control del capital cognitivo global. El conocimiento del bios-algorítmico no pertenece al dominio público: pertenece a quienes tienen la capacidad financiera capital y política para patentarlo, escalar su implementación y desplegarlo como infraestructura de poder.

La dimensión financiera de esta apropiación es vertiginosa y debe nombrarse con precisión. Entre 2025 y 2026, seis de las corporaciones tecnológicas consideradas como las más poderosas del planeta -OpenAI, Anthropic, Google, Meta, Nvidia y Oracle- han comprometido de manera conjunta, más de 64,000 millones de dólares en infraestructura de inteligencia artificial, una cifra que supera el Producto Interno Bruto (PBI) de países como Chile o Portugal (El Colombiano, 2026). Google y Alphabet anunciaron un gasto de capital de 175,000 y 185,000 millones de dólares solo en el 2026. Microsoft destinó 80,000 millones de dólares a datos de centros especializados en IA en el año fiscal de 2025. Open AI ha pasado de 6,000 a más de 25,000 millones de dólares en ingresos anualizados, mientras que Anthropic superó los 30,000 millones de tasa anual en la primera mitad del 2026 (Forbes, 2026). 

Estas cifras no son, sin embargo, indicadores de éxito comercial, son la expresión numérica de una nueva forma de acumulación primitiva -en el sentido del análisis marxista- donde lo que se cerca y privatiza no es la tierra, sino los mecanismos de procesamiento de información que sostienen la vida misma, en este caso, señalaríamos puntualmente sobre la sobreexplotación de recursos hídricos utilizados diariamente para el mantenimiento de los enormes almacenes de datos.

Nuestro primer planteamiento a ser formulado es, si las empresas que modelan el funcionamiento de los organismos vivos son las mismas que diseñan los sistemas de inteligencia artificial que, supuestamente podrán regular los sistemas de vida de millones de personas en todo el planeta. ¿Puede hablarse de una frontera entre la biología y el mercado? ¿O esa frontera que ya fue silenciosamente abolida sin consultar a los sujetos que habitan a ambos lados de ella, podrán realmente ser controlada por sus propias decisiones desde la posición del mercado que los obliga a tomar medidas de gestión y seguridad sobre el uso de este bios-algorítmico?

La convergencia entre computación biológica y robótica comercial es la segunda pieza del dispositivo. OpenAI invirtió en el 2024 un startup de robótica Physicall Intelligence -dedicada a producir cerebros artificiales para robots humanoides- a una valoración de 2,400 millones de dólares (CB Insight, 2024), y apoyó con 675 millones de dólares a la startup Figure, cuya misión explícita es desarrollar robots humanoides para sustituir trabajo humano. Nvidia, Samsung y Google Deep Mind se integran a esta carrera con inversiones cruzadas en plataformas de robótica que combinan aprendizaje profundo con principios de control óptimo extraídos directamente de la neurociencia computacional. 

Artículos publicados en Physical Review Letters, Nature Neuroscience y PRX Life están estableciendo a nivel teórico -cómo los organismos integran memoria, sensación y acción bajo restricciones de recursos- se convierte, en el laboratorio de la robótica corporativa, en especificaciones de diseño para artefactos que competirán con, y eventualmente reemplazarán, a los trabajadores de carne y hueso. El bios-algorítmico no se estudia por curiosidad científica: se estudia para ser replicado, industrializado y vendido.

La otra cara de la acumulación es la devastación ecológica, y aquí la biopolítica foucaultiana adquiere una dimensión planetaria. Un informe del Instituto de Naciones Unidas para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud (UNU-INWEH, 2026) establece que los centros de datos que alimentan los sistemas de IA consumieron en 2025 un total de 448 teravatios-hora (TWh) de electricidad -cifra que situaría a este sector en el undécimo lugar mundial de consumo energético, equiparable a Francia- y dejaron una huella hídrica de 4,5 billones de litros de agua, suficientes para satisfacer la demanda doméstica de 600 millones de personas en el África subsahariana (El Universal, 2026).

Para el 2030, las proyecciones elevan el consumo eléctrico a 945 TWh -sexto lugar mundial- y la huella territorial a 14,500kms cuadrados, una superficie diez veces mayor que la Ciudad de México. La Agencia Internacional de Energía (IEA) calcula que los centros de datos podrían consumir hasta 1,000 TWh en 2026, representando un aumento del 400% desde el 2022 (Foro Económico Mundial, 2025). El biopoder que Foucault (1976) describía como la administración política de la vida ha adquirido ahora una dimensión literal e inédita: para computar la vida, se destruye la vida y crear otra de manera artificial.

Esto nos lleva a la siguiente reflexión de fondo. Si cuando se realiza alguna consulta a un sistema de inteligencia artificial consume diez veces más electricidad que una búsqueda convencional en internet (UNEP, 2024), cuando el agua utilizada para enfriar los servidores podría haber hidratado a familias enteras del Sur Global, cabe preguntarse: ¿Qué tipo de sujeto es el que teclea esa pregunta sin saberlo? ¿Un consumidor libre o un engranaje inconsciente de una cadena de extracción que simula ofrecer el bienestar planetario y lo traduce y convierte en un mero proceso de eficiencia computacional?

La dimensión geopolítica del biopoder algorítmico constituye el tercer vector de análisis. La competencia por el dominio de la inteligencia artificial ya no es, como pudo parecerlo en sus inicios, una carrera entre laboratorios y universidades: es, en palabras del informe del Boston Consulting Group (BCG, 2026), una "fractura estructural del orden tecnológico global" que divide el mundo en dos ecosistemas tecnológicos incompatibles. Estados Unidos, cuyo gasto en infraestructura tecnológica corporativa superó los 4000,000 millones de dólares en 2025 -cifra que sextuplica la inversión china-, mantiene su superioridad con más de 50 mil gigavatios de potencia computacional, más que China y la Unión Europea juntas. 

China construye un modelo radicalmente distinto: eficiencia extrema mediante código abierto y modelos de bajo costo por operación. El 16 de julio del 2026, en Shanghái, el presidente chino Xi Jin Ping, formalizó la constitución de la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial (WAICO), bloque que va a ser liderado principalmente por China, frente a 18 naciones de Europa, América Latina, Asia y África, cuyo marco conceptual declara abiertamente que, "entramos en una era en la que la multipolaridad debe reflejarse también en los algoritmos", -un desafío directo a la hegemonía estadounidense sobre los estándares éticos, las patentes y el despliegue comercial de los sistemas automatizados (Sobrevilla, 2026).

Foucault (1981) definió la gubernamentalidad como el conjunto de instituciones, procedimientos, análisis y tácticas que permiten ejercer esta forma específica de poder que tiene como meta principal la población. La gubernamentalidad algorítmica, -concepto desarrollado por Rouvroy y Berns (2013) a partir de las categorías foucaultianas- extiende este análisis al entorno digital: los algoritmos no prohíben; no castigan, clasifican, predicen y moldean el entorno de elección para que el sujeto "elija libremente" lo que el sistema ya ha anticipado lo que elegirá (Domínguez y Domínguez, 2023).

La integración de los hallazgos de la computación biológica -donde los organismos son modelados como sistemas de estimación óptima cuyo parámetros de memoria y atención son determinados por la disponibilidad de recursos exógenos- con las plataformas de vigilancia corporativa produce una combinación sin precedentes: no solo se observa y registra el comportamiento del sujeto, sino que se interviene sobre las condiciones energéticas y cognitivas que determinan qué estrategia de procesamiento puede adoptar. La restricción de recursos no es un dato natural: puede ser diseñada. Y si puede ser diseñada, puede ser instrumentalizada.

Esto nos lleva a considerar que si la ciencia de la computación biológica demuestra que el tipo de procesamiento cognitivo que un organismo puede realizar -deliberativo con memoria o reactivo sin ella- depende directamente de la disponibilidad de recursos, y si estos recursos son controlados por actores corporativos y del Estado. ¿Estamos ante una nueva forma de control social que actúa no sobre el comportamiento del sujeto, sino sobre las condiciones materiales que determinan qué tipo de sujeto puede existir?

Esta pregunta no es especulativa: tiene correlatos empíricos directamente verificables en el campo de la investigación en los llamados organoides cerebrales. La revisión publicada en Nature Computational Science (2026) documenta que los organoides pueden "aprender" y exhibir memoria a corto plazo cuando se les entrena mediante bucles de biofeedback controlados por IA. Los centros de investigación de Cortical Labs y FinalSpark ya ofrecen capacidad de biocomputación en la nube usando neuronas humanas cultivadas a 500 dólares mensuales. El sujeto cuya arquitectura cognitiva se moldea matemáticamente en los laboratorios de biofísica computacional, es el mismo cuyas neuronas se arriendan en la nube. El camino que va de la ecuación de Ricatti al contrato de servicio tiene menos pasos de los que parecería prudente aceptar. 

El posthumanismo que las megacorporaciones  promueven -con vocabulario de empoderamiento, eficiencia y mejora (enhancement)- es precisamente la ideología que legitima esta operación de apropiación del bios. El filósofo Byung Chul Han (2014), leyendo a Foucault desde la sociedad del rendimiento, señala que el poder ya no opera principalmente mediante la prohibición y el castigo, sino mediante la incitación a la auto-optimización: el sujeto de la sociedad de control no es el prisionero del panóptico sino el empresario de sí mismo, encargado de monitorear sus métricas de productividad cognitiva, su sueño, su frecuencia cardíaca, su atención y estados de ánimo. 

El wearable (dispositivo) que mide el estrés, la aplicación que sugiere cuándo dormir, el sistema que recomienda con qué intensidad trabajar en función del nivel de glucosa cerebral: todo ello convierte las transiciones que Tottori y Kobayashi (2026) describen teóricamente en un producto de consumo que el propio sujeto compra, instala en su cuerpo y agradece. El biopoder más eficiente es el que convence a la población de que la gestión algorítmica de su propia vida es una forma ilusoria de libertad.

La confluencia entre la carrera geopolítica por el dominio de la IA, la devastación ambiental sistemática producida por su infraestructura, la robotización del trabajo físico y cognitivo, y la modelación matemática de los organismos vivos como sistemas de estimación óptima configura lo que podría denominarse, con vocabulario foucaultiano actualizado, un nuevo dispositivo de biopoder global de espectro total: uno que no solo gestiona poblaciones, sino que interviene directamente sobre la arquitectura biológica del procesamiento de información que hace posible que los sujetos se constituyan como tales.

Para finalizar, concluimos con lo siguiente. Si los organismos vivos son, como la ciencia lo demuestra: sistemas de cómputo que procesan información bajo restricciones energéticas determinadas externamente, y si dichas restricciones pueden ya ser diseñadas, controladas e instrumentalizadas por estas corporaciones, y por las decisiones de sus directivos que compiten entre ellos de manera geopolítica con los juegos e intereses creados desde sus propias agendas comerciales que son representativas de los gobiernos de las naciones. ¿Qué significa entonces, resistir? ¿Qué formas de cuidado de si -en el sentido foucaultiano de "epimeleia heautou" -son aun posibles cuando el "si mismo" que se cuida es ya de por si uno nodo en la red de optimización que no le pertenece? Es es la pregunta que el tercer apartado habrá de afrontar sin evasiones.  

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