Superinteligencia vs. IA y la Guerra de los Tronos Algorítmicos: Voces Expertas ante el Riesgo Civilizatorio (1a parte)

 El presente ensayo examina la geopolítica de la inteligencia artificial, considerada como campo de batalla abierta entre las megacorporaciones del paradigma algorítmico-digital y de automatización social-cultural. La civilización humana se encuentra en el umbral de aceleradas transformaciones del conocimiento, pero en un clima mundial de gran incertidumbre, cuando economías de países poderosos (E.U, China), atraviesan por estados de desconfianza, competencia y control por los mercados internacionales, en materia relacionada con la producción de la inteligencia artificial, hasta que no existan normas y regulaciones que dictaminen sobre la opacidad y las agendas particulares de estado, desde dos vertientes distintas, dos ideologías que se han enfrentado por décadas y ahora toma relevancia los escenarios del presente que serán las que podrán facultar y activar el desarrollo para las siguientes décadas, o para impedir que el avance científico-tecnológico que sustenta la producción vigente de máquinas inteligentes que producen ya, cientos de millones de bits de datos, los cuales son empleados para diversos fines: mejora de los sistemas de salud, tecnológicos, financieros, jurídicos, comerciales, militares, educativos y culturales entre otros.

De mientras el Sur Global  contempla los escenarios confrontados entre dichas potencias (Kokotajlo et al., 2025), de acuerdo a estudios publicados por expertos cuyo propósito en este ensayo no es describir el futuro sino interrogar más bien, las condiciones políticas, epistémicas y civilizatorias que hacen posibles -o imposibles- las alternativas a los escenarios de dominio que hoy se están normalizando y son expresadas a través del espacio de Naciones Unidas para escuchar narrativas diversas de mandatarios, donde exhiben sus cartas ante el mundo y a las naciones, donde se plantean problemas de primer magnitud asociadas a los conflictos y pugnas que continúan en su loca carrera armamentista, y por otro lado, las denuncias de parte de los que entran en este juego de ajedrez donde existen víctimas y victimarios, en el horizonte existe preocupación por el destino inmediato, o la destrucción definitiva de la actual civilización; las piezas están en el tablero disputándose, no solo los recursos naturales, también la propia supervivencia y el derecho a existir, a pesar de dichas diferencias ideológicas y geopolíticas.

Esto se puede traducir como parte la ansiedad mutua como motor de esta carrera: el sistema de seguridad en la IA generativa visto desde la perspectiva occidental de E.U. y la visión cosmotécnica de China.

Existe una imagen que que recorre silenciosamente los despachos de los centros de investigación en ciberseguridad, los comités de gobernanza tecnológica y las salas donde se diseñan los próximos prototipos de inteligencia artificial: la imagen de dos gigantes que se vigilan mutuamente, sin comunicarse (en apariencia), construyendo armas que ninguno comprende de todo, convencidos que la inacción equivale a la derrota. No es una metáfora nueva. Es, en esencia, las misma lógica que produjo la carrera nuclear del siglo XX. Pero a diferencia de los misiles balísticos -visibles, contables, verificables desde satélites-, los modelos de inteligencia artificial de frontera son invisibles, rápidamente replicables y su potencial destructivo no proviene de la fisión del átomo, sino de la fisión de la cognición humana: su capacidad para pensar, planificar, persuadir y decidir a velocidades y escalas que ningún humano ser humano puede seguir en tiempo real.

Este primer apartado examina la arquitectura psicopolítica de esa vigilancia mutua. Lo hace a partir de dos fuentes académicas situadas entre la frontera entre la ciencia política, las relaciones internacionales y los estudios críticos de tecnología, publicadas entre el 2025 y 2026, y que constituyen hoy referencia obligada para entender los fundamentos reales -no mediáticos- de la llamada guerra de la IA entre E.U. (superinteligencia, según Trump) y la IA que produce China.

Comencemos con el dilema de seguridad en la era generativa. Según el politólogo Jinghan Zeng (City University of Hong Kong) introduce en su artículo "ChatGPT as a security treat: US -China security dilemma in the generative AI race" (British Journal of Politics and International Relations, SAGE, 2025) un argumento que merece detenida atención: El surgimiento de la IA generativa no creo el dilema de seguridad entre ambas potencias, pero si lo recalibró cualitativamente. Según este autor, el éxito del ChatGPT desencadenó en China no solo ansiedad por perder terreno en la competencia tecnológica y estratégica, sino también preocupaciones sobre amenazas a la seguridad ideológica y de régimen. En respuesta, China implementó una serie de medidas orientadas a regular la IA generativa para preservar la seguridad doméstica mientras avanzaba simultáneamente en sus propias capacidades tecnológicas.

Esta doble respuesta -regulación interna más aceleración externa- es característica de los que Zeng denomina un dilema de seguridad en régimen tecnológico: cada medida defensiva es leída por el adversario como preparación ofensiva, generando una espiral de acción-reacción que replica estructuralmente los modelos clásicos descritos por Robert Jervis (1978) para el dominio nuclear. Lo novedoso es que aquí, el "arma" en cuestión no es una ojiva sino un conjunto de parámetros entrenados sobre billones de tokens de texto humano: un objeto técnico que nadie puede contabilizar con precisión, cuyo "poder destructivo" es inseparable de su capacidad para imitar, convencer y reorganizar la percepción de la realidad.

Desde esta lectura, el fenómeno de DeepSeek -el modelo chino que en febrero de 2025 igualó momentáneamente al modelo de OpenAI, según AI Index 2026 de Stanford HAI (Matslej et al., 2026)- no debe interpretarse como un logro técnico, sino como un acontecimiento semiótico de primer orden: demostró que la brecha computacional no era determinante como se suponía, reactivó el pánico estratégico en Washington y consolidó la percepción, tanto en Pekín como en Silicon Valley, de que la carrera ha entrado en una fase nueva, más intensa y menos predecible.

¿Es posible que la narrativa del "dilema de seguridad" sea en sí misma el problema? Adoptarla sin reservas implica asumir que ambas potencias actúan como actores racionales y unitarios, cuando la evidencia sugiere que en el interior de cada campo existen importantes y profundas tensiones entre facciones que quieren acelerar y facciones que quieren frenar. ¿En qué medida el discurso del dilema de seguridad no sirve, paradójicamente, para suprimir esas tensiones internas y producir la coherencia que se necesita para acelerar sin resistencia?

Ahora, pasemos a analizar sobre el factor estadounidense en la precepción china de la IA en versión militarizada. En su segunda contribución relevante de este período "The US Factor in Chinese Perceptions of Militarized AI" (International Affairs, Oxford University Press, vol.101, No.2, March, 2025), Zeng (2025b) profundiza en el lado chino de esta ecuación con una especificidad que la mayoría de los análisis anglófonos no ofrecen. Su argumento central es que los avances estadounidenses en IA militar se han convertido en una fuente mayor ansiedad en la comunidad de defensa china, provocando llamados a mayor inversión e incluso a medidas preventivas. Esta acción-reacción refleja el dilema de seguridad descrito en la literatura sobre ciberguerra: las medidas tomadas por razones defensivas son leídas por el otro lado como preparación para el ataque.

Lo que Zeng documenta con rigor es la manera en que las élites de seguridad chinas han internalizado una epistemología del adelanto tecnológico como variable de supervivencia geopolítica: no se trata solo de tener la IA más capaz, sino de no quedar en una posición de inferioridad cognitiva ante un adversario que puede tomar decisiones, diseñas estrategias y ejecutar operaciones a velocidades que ningún general militar humano puede igualar.

Si ambas potencias se perciben mutuamente con amenazas existenciales en el dominio de la IA, y si ambas utilizan esa percepción para legitimar la aceleración sin límites de sus capacidades. ¿Existe alguna diferencia real entre la racionalidad de seguridad de un régimen autoritario y la de una democracia liberal cuando ambas colocan la ventaja tecnológica por encima de la vida humana, la transparencia institucional y el control democrático de la tecnología?

Veamos esto desde la visión china sobre la regulación como campo de batalla: un modelo entre la contención y la expansión. En ese sentido, la perspectiva de Zeng necesita ser complementada con la reflexión de Angela Huyue Zhang (University South California), cuya obra High Wire: How China Regulates Big Tech and Governs Its Economy (Oxford University Press, 2025), constituye el análisis más sofisticado disponible sobre la arquitectura regulatoria del sector tecnológico chino y su proyección hacia la IA generativa. La autora introduce el concepto de "pirámide dinámica" para describir un sistema regulatorio que opera mediante ciclos de presión, negociación y retiro entre el Estado, las corporaciones tecnológicas y los mercados.

Lo que este modelo ilumina es que China no regula tecnología desde una posición de control total, sino desde una posición de volatilidad estructural en la que el propio Estado oscila entre promover campeones tecnológicos nacionales y frenarlos cuando amenazan concentrar demasiado poder autónomo. como argumenta Zhang en sus publicaciones del 2026, sobre la lógica del "Estado plataforma" que China ha construido no es opuesta a la dinámica corporativa occidental: es su variante autoritaria, con los mismos riesgos de captura, opacidad y concentración de poder, pero sin los mecanismos -débiles e imperfectos, pero existentes- de accountability democrático.

¿Hasta qué punto la diferencia entre el modelo chino y el modelo estadounidense de desarrollo de IA es una diferencia de valores -libertad frente a control, apertura frente a censura- y hasta qué punto es simplemente una diferencia en la arquitectura de la opacidad? Si ambos sistemas producen opacidad a escala civilizatoria, la pregunta no es cuál es más transparente, sino quién paga el costo de dicha opacidad.

Si la carrera entre corporaciones de IA de Estados Unidos y China está siendo gestionada por lógicas de seguridad nacional que ningún actor puede abandonar unilateralmente sin percibir que pierde -y si los marcos de gobernanza global están siendo rechazados precisamente por quienes tienen más poder para imponerlos- ¿desde qué lugar epistémico, político e institucional, puede articularse una respuesta que no sea la rendición al determinismo tecnológico ni la nostalgia por instituciones multilaterales que ya no tienen dientes?     

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